domingo, 20 de marzo de 2011

que es metafisica?

¿ Que es Metafisica ?
Metafísica significa el estudio racional de fenómenos físicos o psicológicos que producen fuerzas inteligentes o facultades desconocidas de la mente humana.
Los estudios metafísicos no son un campo de enseñanza moderno. Hoy, igual que en el pasado, la metafísica lleva al hombre en busca de respuestas en torno al propósito y dirección de su vida.
El vocablo se remonta, siglos antes de Cristo, al período de los filósofos griegos (Sócrates, Plato, Aristóteles).
Para las antiguas civilizaciones la búsqueda de conocimiento era del dominio exclusivo de pequeños grupos privilegiados que regían las masas desde sus palacios y templos.
Las Escuelas de Misterios de la antigüedad promulgaban la convicción que era inapropiado dejar que las masas descubrieran los secretos del poder de la mente. La sociedad comienza a conferir mayor importancia al pensamiento secular y con las nuevas tecnologías llega la promesa de éxito y logros materiales.
Es en este período en que se "descubre" el subconsciente y con Sigmund Freud nace la ciencia moderna de la psicología.
Los tribunales de la Inquisición y hogueras en las plazas públicas son substituidos con el sofá del psiquiatra donde se llevaba a cabo el "exorcismo" de los demonios.
Freud trae al hombre moderno a comenzar a explorar los límites del prohibido, aterrador y misterioso reino del subconsciente.
En esta, la Era de la Información, por primera vez en la historia del hombre el conocimiento y enseñanzas del poder de la mente están disponibles para todo el que lo desea.
El hombre de hoy está aprendiendo a valerse de los inmensos recursos de su propio ser, aprendiendo a controlar CONSCIENTEMENTE su realidad mediante el desarrollo de los poderes de su mente.
La Era de Acuario es una de iluminación personal en que el "maestro" que aparece cuando el estudiante está listo puede ser una persona, un libro, un programa de radio, de televisión, o información en una pagina de Internet.



¿ NOS GUSTA SUFRIR ?
En cualquier esfuerzo por romper una adicción lo primero que hay que lograr es que la persona entienda y reconozca el problema. Estas son consecuencias directas de TODA adicción, beneficiosa o destructiva. Esta misma dinámica opera a nivel individual en nuestras relaciones personales. Estamos "programados" a reaccionar ante el dolor.
¡Decimos que queremos ser felices, pero la felicidad nos aburre!
Si entendemos que, consciente o inconscientemente, cada persona es responsable de todo lo que experimenta en su vida, entonces es fácil ver que atraemos a nuestras vidas el dolor porque nos excita y motiva. Esta realización nos deja con dos alternativas: aprender a recibir igual estímulo de la felicidad, o aprender a asimilar la motivación hacia cambios que nos ofrece el dolor lo más rápido posible para no perpetuarlo.
La primera alternativa es un proceso largo y lento de evolución emotiva. Tengo la firme convicción que gradualmente todo individuo aprende a ir rechazando el dolor para crecer con motivaciones positivas, no negativas. Eso nos deja con la segunda alternativa: aprender a no perpetuar el dolor en nuestras vidas. ¡Ojo! No estoy hablando de aprender a ELIMINAR el dolor, sino a NO PERPETUARLO. ¡Lo interesante del caso es que si permitimos que el dolor en nuestras vidas sea CONSTANTE, también eso impide nuestra evolución personal y emotiva!
El dolor que no nos lleva hacia un nivel más elevado de experiencia y conocimiento, es dolor innecesario y contraproducente. En cuanto logramos esa comprensión y aceptamos los cambios, el dolor desaparece.
El niño que pone la mano sobre el horno caliente experimenta dolor que lo alerta del peligro del fuego que puede quemar su piel. En cuanto el niño entiende lo que le está produciendo dolor, retira su mano del horno y el dolor cesa. Pero al traducir este simple ejemplo a nuestras vidas personales experimentamos serias dificultades entendiendo por qué tenemos que soltar el horno que tanto valoramos para dejar de sentir dolor. ¿Cómo es posible que una relación de diez años esté ahora provocándonos tanto dolor? En situaciones como esta, a menudo, en vez de aceptar que tenemos que apartarnos de la relación, preferimos optar por una vida de dolor. Si volvemos al caso del niño con su mano sobre el horno nos resulta fácil entender que sería absurdo y contrario a todo instinto natural que el niño continuara con su mano sobre el fuego una vez que entiende la procedencia del dolor. Cuando se trata de relaciones personales y nuestra vida privada, ¿por qué no nos damos cuenta de lo absurdo y poco natural de seguir optando por aguantar dolor estoicamente?
Hay que entender también que existen distintas formas de lidiar con el calor del fuego para no seguir recibiendo quemaduras.
Lo esencial es ACTUAR de alguna forma para recibir alivio al dolor.
Lo difícil en nuestros enfrentamientos con el dolor es que estamos acostumbrados a sufrir. Crecemos en sociedades en las que se reconoce y exalta el sacrificio y el dolor. Yo no encuentro fácil entender la lógica de esas enseñanzas, pero las aceptamos por hábito, y seguimos sufriendo por hábito. Peor aún, en los momentos en que experimentamos felicidad nos invaden sentimientos de culpabilidad: ¿Cómo puedo yo estar feliz cuando hay otros que sufren tanto?!!! Resultado: la felicidad nos dura muy poco porque sentimos que no la merecemos









Trajo un rayo de sol a nuestro hogar
Richard era “diferente”, pero nunca lo supo. Tal vez por ello dio tanto realce a nuestra vida.

Por June Rae


hirley tenía cuatro años y yo dos, cuando mamá y papá trajeron a casa un hermanito. Se le dio el nombre de Richard Olen, pero le llamábamos Dickie porque pesaba sólo dos kilos y Richard nos parecía nombre para un bebé de cinco kilos. En las ropas normales de un bebé, Dickie desaparecía. Mamá lo vestía con prendas de muñeca para poder encontrarlo. Shirley y yo nos acurrucábamos a su lado y cada una tomaba una de sus manitas, tan sonrosada y exquisita como un botón de rosa.
ara vez lloraba, pero siempre que lo hacía mi hermana y yo corríamos a plantarnos junto a su cuna. Nuestro hermanito no gorjeaba, no gateaba y nada tocaba ni exploraba como otros bebés. Se estaba tendido, inmóvil, mirándonos y chupándose el dedo pulgar, muy campante. Para Shirley y para mí era un adorado muñeco de trapo y solíamos acomodarlo en una silla durante nuestros juegos. Ni Shirley ni yo dábamos cuenta de que nuestro hermanito fuera distinto; solamente lo amábamos.
           


enía Dickie cuatro años cuando comenzó a gatear, pero sus espigadas piernas carecían de fuerzas. Para entonces, Shirly contaba ya ocho años y se había convertido en una mandona hermana mayor. “Ve a traer la escoba”, me ordenó un día, “y enseñaremos a andar a Dickie”.
           


omo no sabía yo si Shirly pensaba darle de golpes en la cabeza o barrer al hermanito por debajo de la puerta, me negué a obedecer, pero cuando comprendí lo que se proponía, estuve ansiosa por ayudarla. Pasábamos horas con nuestro especial hermano en tanto él se aferraba al mango de la escoba, y lo incitábamos y jalábamos hasta que, un día, consiguió ponerse en pie por su propio esfuerzo y tambaleante, cruzó la habitación. ¡Ya podía caminar! Los ojos le chispeaban y farfullaba, orgulloso.
           


e allí en adelante ya nunca estábamos seguras de dónde andaba Dickie. Dueño de una libertad recién descubierta, sólo deseaba vagar de una puerta a otra y explorarlo todo. Bien podíamos encontrarlo caminando animosamente en dirección al pueblo, o bien siguiendo al perro del vecino en algún misterioso viaje.
           


 medida que corrían los años, crecía nuestra familia. Casi año con año mamá recibió un bebé hasta que cumplí los 11 años. Después de Dickie fueron llegando Lynda, Ted, Mike, Danny Janie Poo.
          


omo Dickie no podía encaramarse con nosotros a la casita que habíamos armado en un carbol, se quedaba sentado en el columpio colgado de una rama, pegaba la oreja a un radio portátil mientras cantaba y se mecía a sus anchas. Y en tanto siguiera cantando, mamá sabía dónde hallarlo.
           


ickie no nos quitaba el ojo de encima a la vez que nosotros lo cuidábamos. Si Janie Poo se caía, él le besaba la rodilla magullada para curársela. Si los otros chicos reñían entre si, Dickie rescataba al hermanito menor y se lo llevaba a casa bajo el brazo para luego dejarlo caer a los pies de mamá. Hasta de mamá cuidaba. Si la veía triste, le daba un golpecito en la barbilla y le preguntaba con su insegura voz:
-¿Me quieres?

Mamá sonreía, le revolvía los cabellos y contestaba:
           
-Seguro que si. Eres mi Dickie pajarito.

           
os otros niños podrían estar ocupados en construir fuertes o en prender fuego a una cerca; Dickie, por su parte andaría en busca de bolígrafos, ningún bolígrafo, en un radio de 400 metros, se encontraba a salvo de sus deditos regordetes. Y cuando descubría uno, le desenroscaba el capuchón, quitaba el resorte y ensartaba este al extremo de una vara para verlo culebrear cada vez más de prisa.
           


¡ había que ver cuánto quería a sus crayones! Empezaba por quitarle cuidadosamente el papel que los cubría y luego los cortaba en pedazos, que en seguida ponía en línea sobre su mesa y los hacía rodar de atrás adelante. Al fastidiarse de jugar así, metía los trozos de crayones en una caja de zapatos que llevaba bajo el brazo adondequiera que iba.


ntre las cosas de Dickie, su predilecta, después de los crayones, era un viejo sombrero de vaquero, sin el cual se negaba a ir a cualquier parte, e incluso dormía con él. Aunque se mostraba generoso en cuanto a sus otras pertenencias, comprendíamos que sus crayones y el sombrero eran intocables.
       
    

n el templo, al igual que en todas partes del pueblo de Versailles, Missouri, donde vivíamos, a Dickie le encantaba encontrarse con la gente y saludarla. Si llegábamos tarde y nos veíamos obligados a sentarnos en los bancos del frente, nueve de nosotros tratábamos de pasar inadvertidos. Dickie no. Él alzaba la mano hacia el predicador en el púlpito y saludaba alegremente: “Hola, amigo”. En más de una ocasión, avergonzada, me sentí tentada a deslizarme bajo el banco de la iglesia, pero nunca lo hice.
           


orque Dickie era especial, no podía asistir a la escuela con nosotros. Cada mañana se presentaba cumplidamente en el porche delantero de casa acompañado por Brownie, su perro, y nos veía partir. “Adiós, mamita”, o bien, “Adiós, mano”, nos decía a cada uno conforme salíamos. Dickie y Brownie volvían a su puesto al regresar nosotros a casa, como si se esperara que lo hicieran.
           


ontaba Dickie diez años cuando una maestra se ofreció a darle clases si se lo llevábamos después de las horas de clase. La señorita Eunice fue la priera persona ajena a la familia que estuvo dispuesta a ofrecer a Dickie la oportunidad de aprender. Hizo un pasatiempo de la tarea de enseñar a Dickie, y en breve este dibujaba automóviles y sencillas figuras y aprendía a escribir su nombre.
           


n 1964, Dickie comenzó asistir a una escuela estatal para niños impedidos, situada a cosa de 30 kilómetros de casa. Al cumplir los 21 años, se le consideró demasiado grande para seguir en la escuela. Durante varios años estuvo en casa, jugando con su perro, haciendo rodar sus crayones y rasgueando una vieja guitarra, al son de la cual canturreaba desentonadamente.
           


n día sucedió algo extraordinario. El ayuntamiento local abrió un taller para impedidos. A sus 28 años, Dickie tuvo un empleo por primera vez en su vida; consistía en ensamblar bolígrafos, acomodarlos en cajas y en recibir una remuneración por sus esfuerzos. Más que nada, le emocionaba encontrarse rodeado de personas como él, a las que se hacía cobrar conciencia de lo que podían hacer, en vez de lo que eran incapaces de hacer.
           


l día en que Dickie llegó a casa orgulloso con su primer sueldo, también trajo consigo una cosa más: la determinación de hacerse llamar Richard, su nombre de cinco kilos. A partir de entonces, si alguien lo olvidaba y le llamaba Dickie, levantaba el pecho, agitaba el índice hacía el ofensor y declaraba: “¡Nada de eso, bribón! ¡Richard!
           


na de las pocas cosas que entristecían a Richard era un tiempo lluvioso. Apenas se anunciaba una tormenta, exclamaba: “¡Mamá, comunícate con el noticiero!” Estaba convencido de que el meteorólogo era el responsable de que lloviera, y tenía la certeza de que bastaba con que mamá telefoneara el canal de televisión para cancelar la lluvia.
           


¿inusválido? ¿Retrasado mental? Richard no conocía el significado de esas palabras. Era un hombre despreocupado que solía llevar en la caja del almuerzo un puñado de crayones rotos. A sus ojos, todos eran amigos.
          

ichard no aprendió jamás a leer un libro ni a escribir otra cosa que su nombre. Dios lo envió al mundo para que fuera maestro, no un aprendiz.

Y fue el mejor maestro que nuestra familia pudo haber tenido. Nos enseño lo que son la bondad, la aceptación, la lealtad y el amor. Trajo un rayo de sol a cuantos lo conocieron.
           


n extraño, de juzgar a Richard por su efusiva personalidad y su risa espontánea, difícilmente habría adivinado que había estado enfermo durante toda su vida, que nación con una deficiencia cardiaca común a todos los bebés afectados por el síndrome de Down. A Richard comenzó a fallarle el corazón por agosto de 1984, y los médicos opinaron que sólo viviría menos de un mes. Consternados, mamá y papá optaron por atenderlo en casa, sabedores de que internarlo en un hospital, en una cama extraña, acortaría más aún su vida.
           


l venir Richard al mundo, los médicos habían dicho que jamás llegaría a hablar ni caminar. Richard habría de darles el mentís una vez más. Con su increíble fortaleza de ánimo, nuestro hermano se aferró a la vida durante cinco meses.
           


i bien se hallaba confinado ahora a una silla de ruedas, aún iba a visitar a sus amigos del taller. Cuando ya no le fue posible salir de casa, muchísimas personas telefoneaban, le enviaban tarjetas y acudían a visitarlo.
           


ichard falleció el 12 de enero de 1985, a la edad de 36 años. Lo sepultamos con su sombrero de vaquero y la caja de crayones más grande que pudimos encontrar. Richard fue una mención que el Señor nos concedió. Su muerte dejó entre nosotros un vacó que nada puede llenar.
           


odos los días me tropiezo con algo que me recuerda a Richard: un sombrero de vaquero, un crayón roto, un columpio vacío. Se me encoge entonces el corazón, pero se que ahora es feliz y al fin está libre de sus impedimentos. Me alegro de haber tenido la oportunidad de conocerlo y amarlo.